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domingo, 29 de abril de 2018

El Río, núm. 2

Revista de el centro de estudios sobre la universidad, UABC, El Río, núm. 2, julio-octubre de 2008, dejo la editorial que viene en la revista y el enlace a la misma.
Editorial 
El interés por la historia
 
Vivimos en tiempos de cambios, muchos de ellos ligados a la tecnología, misma que influye en qué y cómo trabajamos y, por si fuera menos, cuanto ganamos. El cambio tecnológico ha venido transformando nuestras vidas, no sólo por la forma en que el hombre produce las cosas para poder vivir, sino también por los productos que consume.

Este cambio acelerado en la forma como vivimos es en gran medida la diferencia principal de una generación a otra. Las diferencias entre los jóvenes y los viejos parecen acentuarse por el cambio tecnológico, y estas mimas diferencias nos han llevado a separarnos unos de otros, de manera que pareciera que hay menos cosas que compartir de una generación a otra.

Antes, era más evidente la influencia que reman los padres sobre sus hijos. Los hijos obtenían la mayor parte de la información útil de sus padres, de ellos venía la experiencia, la lectura el conocimiento y la autoridad. Pero hoy, gracias a los avances de los medios de comunicación, como la radio, la televisión, la telefonía, el internes y una educación escolar cada vez más temprana, los jóvenes disponen de tanta o más información que la de sus padres.

Por lo tanto, los viejos no se encuentran actualizados ante los ojos de los jóvenes. Y los jóvenes ya no sienten que la comunicación con sus padres sea tan importante, pues lo que ahora parece importante es el presente y no el pasado. Además, dado el cambio vertiginoso que la tecnología nos ha impuesto, el futuro tiene más relevancia que el pasado.

Una víctima de este cambio generacional es el interés por la historia. A nuestra juventud no le interesa la historia. Para el joven debe ser más importante cómo hacerle frente a la vida, a lo que le está pasando y lo que le puede pasar. Para ello solo existen algunos controles y el resto es adaptación. La historia es remota, algo que ya sucedió y que no se puede cambiar, ¿para qué entonces ocuparse de ella? Así las cosas, la historia no tiene sentido.

¿Cómo entonces debemos proceder quienes amamos a la historia? En primer lugar, hay que traer a la historia del pasado al presente. La historia no debe ser simplemente el lugar de nuestros recuerdos de juventud. La historia debe ser capaz de decir algo importante para quienes ven la vida hacia adelante, incluyendo a esos jóvenes que sienten que están muy ocupados con el presente.

La historia no puede ser un relato estéril de las cosas que han ocurrido: si éstas no tienen sentido para quienes ahora vivimos, mejor es dejarlas reposar. Necesitamos abordar la historia con el vivo interés de un descubridor de tierras desconocidas, de culturas diferentes a la nuestra, de experiencias vividas por los protagonistas de nuestra o de otras civilizaciones. La razón es simple, del pasado podemos aprender. Aprender de la historia es aprender a superarnos. ¡Aprendamos pues, haciendo historia!
 
Sergio Noriega Verdugo  


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